Antes
de profundizarnos en el tema tratado debemos conocer que todas las personas que
aprovecha sus potencialidades y se realizan, son caracterizadas por vivir completamente
con todos sus sentimientos y reacciones, es decir que confía absolutamente en
sí misma, no porque se crea infalible, sino porque es competente asumiendo las
consecuencias de cada una de sus acciones; que están abiertas a su entorno
cambiante y comprometida con las personas que lo rodean en la permanente
búsqueda de ser ese “YO” que auténticamente es.
Así que para lograrlo, es preciso que el medio que la rodea le brinde un
ambiente de aceptación, aprecio, apoyo, escucha y respeto por lo que es.
Desde
este punto vista podemos apreciar que el desarrollo del problema se relaciona
desde sus criterios lo social y lo personal.
Permitiendo plantear así como antecedente para el desarrollo, la
creación de ambientes sociales que ayudan la autorrealización de los niños y
las niñas, lo que consentiría una sociedad más humana, compuestas por personas
creativas, positivas, que buscan el bien para ellos y para los demás.
Abraham Maslow, es un humanista que ha propuesto la existencia de una escala de
necesidades que se inicia con las fisiológicas, luego con las necesidades de
seguridad, pertinencia, estimación, hasta llegar a la necesidad de
autorrealización, que es la más evolucionada de todas y se considera como el
deseo de realizar la máxima de las potencialidades personales.
Adentrándonos
más en lo que es el humanismo esta tiene una visión positiva del ser humano y confianza
en la persona, considerándolas como una totalidad en la que se interrelaciona
factores físicos, emocionales, ideológicos y espirituales, formando el ser
real, no siendo una suma de partes, sino un yo integral.
McNally, Eisenberg y Harris,
(1991), manifestaron en sus estudios que “así como
existen diferencias en las familias también hay distintos patrones de autoridad
los cuales reflejan parcialmente las diferencias en los valores de los padres”.
De
igual manera Piaget dice que las
pautas del desarrollo psicosocial del
niño y la niña están determinadas conjuntamente por condiciones genéticas y
circunstancias ambientales.
María M. Vassart, (1998), Expone
que se debe “ser conscientes de que somos puntos de referencia constante para
nuestros hijos y que esta es una tarea realmente difícil. Somos seres humanos llenos de equivocaciones.
Lo importante es que seamos justos a la hora de exigir, comprensivos (sabemos,
por experiencia, que no es posible ser un catálogo de virtudes), flexibles y
honestos para reconocer nuestros errores, ofrecer disculpas y comprometernos a
no repetirlo”.
Mencionando
nuevamente a Jean Piaget en su libro
"El juicio moral del niño" (1932) resalta la diferencia entre
dos tipos de moralidad que son: la moralidad autónoma y la heterónoma y que los
niños y niñas desarrollarán la autonomía tanto en el ámbito moral como en el
intelectual. La finalidad de la educación debe ser el desarrollo de esta autonomía.
Pero ¿A qué se
refiere Piaget con autonomía?
Analizando bien
vemos que la mayor parte de la población Colombiana proviene de familias y
escuelas autoritarias en las que se esperaba que con disciplina estricta, con
medidas severas se fueran a respetar las reglas pretendiendo encasillar dentro
de un molde en lugar de desarrollar la autonomía.
Al hablar de autonomía
debemos saber que esta significa "gobernarse a sí mismo", que
es lo contrario de heteronomía que significa “ser gobernado por los demás”.
En las
instituciones autoritarias se fundamentan en la heteronomía. En ellas, por
ejemplo la ciencia se enseña con el objetivo de transmitir datos, teorías y
conceptos sin alguna preocupación de que la instrucción tenga sentido para el
alumno. En cambio dentro del contexto de la autonomía, se buscaría que el aprendiz
o alumno encontrara sus propias respuestas a sus propios interrogantes por
medio de experimentos, pensamiento crítico, debates de puntos de vista de
manera que estas actividades tengan sentido para él.
Lo que queremos
decir es que el desarrollo de la autonomía significa llegar a ser capaces de
pensar por nosotros mismo con sentido crítico, teniendo en cuenta los
diferentes puntos de vista tanto en el ámbito moral como en el intelectual.
Por otro lado la
moralidad cuando es heterónoma, los asuntos acerca del bien y del mal de la
conducta humana se solucionan de acuerdo con las reglas establecidas y la
voluntad de las personas con autoridad.
En cuanto a la
moral autónoma, el bien y el mal lo determina cada individuo a través de la reciprocidad, o sea, la coordinación
de los puntos de vista. Jean Piaget
señala que la autonomía aparece con la reciprocidad cuando el respeto mutuo es
suficientemente fuerte para hacer que el individuo sienta el deseo de tratar a
los demás como él desearía ser tratado.
La autonomía moral aparece cuando la mente considera necesario un ideal
que es independiente de cualquier presión externa. Por tanto, no puede haber
necesidad moral fuera de nuestras relaciones con los demás.
En ese orden de
ideas la formación de un adulto autónomo se inicia desde la niñez. Y quienes
refuerzan la heteronomía de los niños son precisamente los adultos, cuando
utilizan sanciones, o estimulan el desarrollo de la autonomía cuando
intercambian sus puntos de vista con los niños al tomar decisiones. Un correctivo o castigo tiene 3
consecuencias: y es que el niño aprenda a calcular los riesgos para no ser
sorprendido al "portarse mal"; que el niño se vuelva
conformista lo cual le asegura seguridad y respetabilidad; la rebelión, que
está muy alejada de la autonomía. De igual manera las recompensas de los padres
que dan dulces a sus hijos por ayudarles, también refuerzan la heteronomía.
Si buscamos que
los niños y niñas desarrollen una moralidad autónoma debemos reducir nuestro
poder como adultos, evitar recurrir a premios y castigos y animarlos a que
construyan sus propios valores morales. La esencia de la autonomía es que los
niños y niñas lleguen a ser capaces de tomar sus propias decisiones. Pero, debemos
de tener cuidado en confundir autonomía con libertad total. En ésta última es
posible que no se tomen en cuenta más que los propios puntos de vista. Si se
consideran los puntos de vista de los demás no se es libre para mentir, romper
promesas, ser desconsiderados, etc.
La habilidad para
tomar nuestras decisiones debe ser impulsada desde el inicio de la infancia.
Los niños y niñas deben comenzar con decisiones pequeñas antes de ser capaces
de manejar otras más importantes. Cuando los adultos ofrecen una opción a los
niños y niñas, ésta debe ser real. No debemos ofrecer opciones, si terminamos
imponiendo nuestra decisión. El respeto mutuo es, por cierto, esencial para el
desarrollo de la autonomía del niño o niña. Es probable que el niño que siente
respetado por su forma de pensar y sentir, respete la forma en que piensa y
siente el adulto.
A principios de la década de
los 60, la atención se inclinó en los estudios del psicólogo suizo Jean Piaget, que desde los años veinte
había escrito sobre el desarrollo cognitivo del niño y niña. Este psicólogo
suizo designaba a su ciencia como epistemología genética o sea como el estudio
del origen del conocimiento humano, y fue ahí donde sus teorías dieron lugar a
trabajos más avanzados y profundos, con más entidad teórica en psicología
infantil. En estos trabajos utilizan muchos métodos de observación como
experimentales, teniendo en cuenta el comportamiento que integran variables
biológicas y ambientales. Así que podemos señalar que la actual psicología
evolutiva tiene sus orígenes en la teoría de la evolución Darwiniana, pero también reúne las preocupaciones de Watson y los conductistas por las
influencias ambientales.
Los diferentes psicólogos
infantiles intentan explicar las semejanzas y las diferencias entre los niños, también
como su comportamiento y desarrollo, ya sea normal o anormal. Igualmente
desarrollan métodos para tratar problemas sociales, emocionales y de
aprendizaje, empleando terapias en consultas privadas y en escuelas, hospitales
y otras instituciones.
Los dos asuntos críticos
para los psicólogos infantiles son:
1º. Comprobar cómo las
variables ambientales (el comportamiento de los padres, por ejemplo) y las
características biológicas (como las predisposiciones genéticas) interactúan e
influyen en el comportamiento.
2º. Entender cómo los
distintos cambios en el comportamiento se interrelacionan.
De esta manera las teorías
de la personalidad pretenden describir cómo se comportan las personas para
satisfacer sus necesidades físicas y fisiológicas. La incapacidad para
satisfacer tales necesidades crea conflictos personales. En el desarrollo de la
personalidad los niños aprenden a evitar estos conflictos y a manejarlos cuando
estos inevitablemente ocurren. Los padres o madres excesivamente estrictas o
permisivas limitan las posibilidades de los niños al impedir o controlar esos
conflictos.
Una respuesta normal para
las situaciones conflictivas es acudir a los mecanismos de defensa, como la
racionalización o la negación, como por ejemplo, rechazando haber tenido alguna
vez una meta u objetivo específico, aunque sea evidente que se tuvo. Aunque
todos hemos empleado mecanismos de defensa, debemos evitar convertirlos en el
único medio de enfrentarnos a los conflictos. Un niño con una personalidad
equilibrada, integrada, se siente aceptado y querido, permitiéndole aprender
una serie de mecanismos adecuados para manejarse en situaciones conflictivas.
Todas las relaciones familiares, las
actitudes, valores y conducta de los padres influyen sin duda en el desarrollo
de los hijos, al igual que las características específicas de éstos influyen en
el comportamiento y actitud de los padres.
Se ha visto que numerosas investigaciones han llegado a la conclusión de
que el comportamiento y las actitudes de los padres hacia los hijos son muy diversa,
abarcándose desde la educación más estricta hasta la exagerada permisividad, de
la calidez a la hostilidad, o de la implicación ansiosa a la más serena
despreocupación.
Estas variaciones en las
actitudes ocasionan diferentes tipos de relaciones familiares. La hostilidad
paterna o la total permisividad, suelen relacionarse con niños muy agresivos y
rebeldes, mientras que una actitud cálida y restrictiva por parte de los padres
suele motivar en los hijos un comportamiento educado y obediente. Los métodos
de castigo también influyen en el comportamiento de los padres a sus hijos como
por ejemplo, los padres que abusan del castigo físico tienden a formar hijos
que se exceden en el uso de la agresión física, pues que precisamente uno de
los modos más frecuentes de adquisición de pautas de comportamiento es por
imitación de las pautas paternas más
conocido como aprendizaje por modelamiento.
Las
relaciones sociales infantiles conjeturan interacción y coordinación de los
intereses recíprocos, en las que el niño adquiere pautas de comportamiento
social a través de los juegos, principalmente dentro de lo que se conoce como
su 'grupo de pares' o sea niños de la misma edad y aproximadamente el mismo
estatus social, con los que comparte tiempo, espacio físico y actividades
comunes.
De igual modo pasan, desde
los años previos a su escolarización hasta su adolescencia, por sistemas
sociales progresivamente más sofisticados que influirán en sus valores y en su
comportamiento futuro. La innovación hacia el mundo social adulto es apoyada
por los fenómenos de liderazgo dentro del grupo de iguales, donde se imputan
roles distintos a los diferentes integrantes en función de su fuerza o
debilidad. Conjuntamente, el niño aprende a sentir la necesidad de comportarse
de forma cooperativa, a conseguir objetivos colectivos y a resolver conflictos
entre individuos. El consentimiento (acatamiento de las normas del grupo
social) con este grupo de pares alcanzará su nivel máximo cuando el niño o niña
llegue a la pubertad, aproximadamente a los 12 años, y nunca desaparecerá del
comportamiento social del individuo, aunque sus expresiones entre los
adultos sean menos obvias.
Los integrantes o miembros
de los grupos de pares cambian con la edad, tendiendo a ser homogéneos ya sea del
mismo sexo o de la misma zona, antes de la adolescencia. Después pasan a
depender más de las relaciones de intereses y valores compartidos,
formándose así grupos más heterogéneos.
Los niños y niñas para la
socialización aprenden a diferenciar lo aceptable “positivo” de lo inaceptable
“negativo” en su comportamiento. Esperando que los niños aprendan, por ejemplo,
que las agresiones físicas, el robo y el engaño son negativos, y que la
cooperación, la honestidad y el compartir son positivos. Algunas teorías proponen
que la socialización sólo se aprende a través de la imitación o a través de un proceso
de premios y castigos. No obstante, las teorías más recientes destacan el papel
de las variables cognitivas y perceptivas, del pensamiento y el conocimiento, sosteniendo
que la madurez social exige la comprensión explícita o implícita de las reglas
del comportamiento social aplicadas en las diferentes situaciones.
Abarcando nuevamente la
socialización cabe señalar que también incluye la comprensión del concepto de
moralidad. Lawrence Kohlberghas psicólogo estadounidense ha demostrado que el
pensamiento moral tiene tres niveles que son: en el inferior las reglas se
cumplen sólo para evitar el castigo (nivel característico de los niños más
pequeños), y en el superior el individuo comprende racionalmente los principios
morales universales necesarios para la supervivencia social. Teniendo en cuenta
que la comprensión de la moralidad a menudo es incoherente con el
comportamiento real, esta ha mostrado algunas investigaciones empíricas, ya el
comportamiento moral varía en cada situación y es impredecible. Los diferentes tipos de crianza determinan el
inicio y duración de este tipo de ansiedad.
Observando las culturas en las que la relación madre-hijo es estrecha se
manifestará antes y desaparecerá más tarde que en culturas con otras pautas de
crianza.
Erikson es un psicólogo del Yo freudiano. Significándose que el acepta las
ideas de Freud como intrínsecamente
correctas, incluyendo aquellas controvertibles como el complejo de Edipo, así
como también las ideas con respecto al Yo de otros freudianos como Heinz Hartmann y por supuesto, Anna Freud.
Sin
embargo, Erikson está mucho más encaminado
hacia la sociedad y la cultura que cualquier otro freudiano, tal y como cabía
esperar de una persona con sus intereses antropológicos. Usualmente, desplaza sus
teorías a los instintos y al inconsciente. Tal vez por esta razón, Erikson es tan popular entre
los freudianos y los no-freudianos por igual.